Espainiaren Unionismoaren Mitoak

Alots Gezuraga

La ideología del nacionalismo español se cimentó en el siglo XX y tiene como base varios falsos mitos históricos sobre una unidad política ancestral de la península ibérica con la que se quiere justificar la base fundamental de esta ideología, el supuesto “destino universal” de España “Una y Grande”.

La primera unidad del imaginario del nacionalismo español es una provincia de Hispana dentro del Imperio Romano, de la que sería su natural sucesor el Imperio Godo de Toledo, ya soberano, que fue invadido por los “extranjeros” musulmanes, por lo que en la Edad Media los reinos católicos peninsulares se unieron durante la reconquista para expulsarlos, lo cual concluyó con la entronización de los Reyes Católicos, siendo el colofón de la recuperación de la unidad patria la capitulación de Granada el 2 de enero de 1492. Todas estas teorías “unionistas”, no son más que falsos mitos pero juegan un papel central en todo el imaginario del nacionalismo español, no ya en el siglo pasado, sino también en el régimen actual.

Es frecuente oír hablar de un origen romano de Hispania (España) en base a una unidad administrativa romana de la península ibérica. En realidad nunca hubo tal, pues no hubo un procónsul para toda la península ibérica ni Roma tuvo la intención de unificar administrativamente Iberia, que era el nombre griego de la península y con el que se conocía anteriormente en el mundo mediterráneo y oriental. Durante la expansión romana desde la península itálica en su lucha contra Cartago, existían las provincias de Hispania Citerior y Superior (la conquistada y la libre, la pretendida por Roma y la pretendida por Cartago), llegó a tener la península ibérica tras su definitiva ocupación romana (poco antes del año cero de nuestra Era), hasta seis provincias con sus procónsules respectivo y numerosos “conventos” o subdivisiones administrativas que abarcaban incluso el norte de África llamada Hispania Tingitana.

Por tanto, durante el Imperio Romano Hispania no correspondía siempre con Iberia, e incluso entre los escritores romanos el Pirineo estaba dentro de la Galia y no de Hispania, idea que después se mantiene en el siglo VIII como queda constatado en los textos alto medievales de San Eulogio de Córdoba o en el siglo XII en la guía del peregrino jacobeo Aymeric Picaud, para los cuales Hispania empezaba en la llanura bajo el Pirineo o pasada la Sonsierra entre Alaba y La Rioja, quedando por tanto fuera las actuales Bizkaia, Gipuzkoa, Alaba y el norte de Alta Nabarra, Huesca, Lleida y Girona.

Para el nacionalismo español, Roma habría dado a España toda su esencia: Una unidad administrativa, un idioma que viene directamente del latín (en referencia sólo al castellano), la idiosincrasia mediterránea, la raza latina y la religión cristiana católica. Por ello, para el nacionalismo español, los romanos de Hispania son los primeros españoles. Es evidente que nada de ello es cierto, y como dejó bien claro el antropólogo e historiador madrileño Julio Caro Baroja en su libro “Sobre la lengua vasca”: “(…) la palabra hispano, como íbero, tienen un sentido geográfico y no otro”. Es más, ni siquiera la palabra Hispania es latina sino púnica y fueron los cartagineses quienes llamaron así a la península ibérica cuya traducción sería “tierra de conejos”, según la Enciclopedia Larousse de Historia. Es decir, Hispania era como decir hoy Europa, América central o Península de Escandinavia.

Además, es falso que en época romana todo el mundo hablara latín en Iberia. El latín era el idioma de la administración y de la legión en el Imperio Romano Occidental, pero incluso entre ellos casi nadie era monolingüe en latín, y menos fuera de las grandes ciudades o cargos administrativos, donde su uso familiar sería muy reducido y estaría muy “corrupto”. Ni tan siquiera era el latín la lengua de la cultura sino el griego, que además se hablaba en todo el Imperio Oriental como lengua franca. De hecho, para explicar la subsistencia del euskera, nacionalismo español afirmaba que los baskones éramos “españoles todavía no romanizados de manera integral”, expresión literal, anacrónica e incongruente del madrileño Claudio Sánchez Albornoz (1893-1984), presidente de la II República española en el exilio y rector de la Real Academia de la Historia de España, uno de los máximos representantes intelectuales de la “izquierda” nacionalista española que tenía su contrapunto en el gallego Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), presidente de la Real Academia de la Historia de España en los años centrales del franquismo o nacional-catolicismo (1947-68), movimiento fascista que será el que lleve estás ideas a las escuelas nacionales adoctrinando así a toda la población española con todo este imaginario recién creado ad hoc.

Los romanos además habrían aportado a España la religión romana católica, aunque en realidad y pese a ser la única religión oficial desde el Concilio de Nicea del año 325 hasta la Caída del Imperio Romano Occidental en el año 476, se practicaría hasta el final un amplio espectro de religiones que caracterizó todo el Imperio Romano, por lo que la implantación definitiva del cristianismo se produjo más bien durante la Alta Edad Media. Es más, en muchas comarcas como era el caso de todo el norte peninsular, las religiones prerromanas anteriores siguieron practicándose durante varios siglos más, incluso llegaron al siglo XX en perfecto sincretismo con el catolicismo.

Pero este catolicismo creó otro mito unionista que no he comentado, el único que hoy no pervive ya que ha caído en el olvido por ser el más fantasioso: es el origen bíblico o divino de los españoles. El origen de esta teoría está en una alusión del cronista judeo-romano Flavio Josefo del s. I al patriarca bíblico Tubal como ascendiente de los íberos (hijo de Jafet y nieto de Noé), en referencia en realidad a los “íberos del Cáucaso” (los georgianos), pero que San Jerónimo en el siglo IV confundió con los íberos de la península ibérica.

El historiador y jurista nabarro José Luis Orellá Unzué en “Geografías guipuzcoanas de la modernidad bachiller Zaldivia y Esteban de Garibay” explica que: “La trayectoria historiográfica del Tubalismo habría que jalonarla en Flavio Josefo en sus Antigüedades Judaicas, San Jerónimo en sus Tradiciones Hebraicas, San Isidoro de Sevilla en la Historia Gothorum (s. VI-VII), Rodrigo Ximénez de Rada en su De Rebus Hispaniae (s. XIII) y Alfonso X el Sabio en su Primera Crónica General (s. XIII)”.

El obispo abulense Alonso de Madrigal (El Tostado), afirmaba en el siglo XV que el castellano era la lengua traída por Tubal, y la Enciclopedia Auñamendi explica como el dominico italiano Annio de Viterbo en 1497 reforzaban la teoría del tubalismo, al enlazar genealógicamente la monarquía castellano-aragonesa directamente con Tubal. Así, el cronista de los Reyes Católicos el siciliano Lucio Marineo Sículo, a comienzos del siglo siguiente en su libro “Opus de Rebus Hispanice Urirabilibus”, reafirmaba la tradición del tubalismo hispánico. Esta era todavía la línea argumental en 1601 del influyente historiador Juan de Mariana en su “Historia General de España”, aunque escribió “Hispaniae” en el original latino, la lengua de cultura todavía en ese siglo y no el castellano.

Es decir, aunque el tubalismo se recuerda más porque perduró en el tiempo por las teorías que lo vinculaba con los euskaldunes como descendientes teóricos de los íberos, fueron antes y con más destalle los historiadores de los reyes castellanos-aragoneses los que pretendían que éstos eran descendientes directos de Tubal. Es más, como los godos eran descendientes de Magog, otro de los hijos Jafet, los historiadores castellanos argumentaban que por eso se llevaban tan bien y emparentaban Tubal con los godos y con los reyes castellanos.

Otro mito “unionista” es una falsa unidad política peninsular con los “bárbaros” godos y su Imperio Toledano, con el poder y soberanía peninsular, por lo que sería el antecedente de la actual España. Los godos eran tribus germánicas escandinavas que después de deambular por el Imperio y ser expulsados de las Galias por los francos, llegaron a Hispania, donde nunca dominaron a los baskones, pero tampoco del todo a los cántabros y asturianos, y sólo casi al final de su imperio hispano a los suevos asentados en la actual Galicia. Además hubo varios exarcados o colonias romanas bizantinas en el mediterráneo hispano intentando rehacer el Imperio Romano (incluida Granada).

El reino godo fue efímero en el tiempo y epidérmico, su influencia en el idioma, costumbres peninsulares o incluso su aportación genética, fue casi nula; es más lo imaginado que lo real. Es por ello que los niños en España en las “escuelas nacionales” durante muchos años tenían que recitar la lista de los reyes godos o por lo que en Vitoria-Gasteiz o en Pamplona-Iruña hay estatuas como en el parque de la Florida de reyes godos que jamás pisaron ni mandaron en estas tierras, en realidad son estatuas sobrantes del Palacio Real de Madrid que se mandaron a distintos puntos de la península para remarcar esta idea unitaria entre la gente en 1821, tras la expulsión de los franceses y en busca de una unidad anterior peninsular que justificara la España-nación que querían crear, antecedente romántico del nacionalismo español.

La cuarta idea de unión peninsular es una falsa “reconquista” de la península desde una inexistente Batalla de Covadonga contra las tropas del emir musulmán en una Asturias donde se escondió un último godo que sería el primer Pater Patriae político de España y que respondería al nombre Don Pelayo, mito fundacional creado por el propio Claudio Sánchez Albornoz. De ahí la frase “Asturias es España y el resto tierra conquistada” (a los hispano-musulmanes se supone). “Padre de la Patria” era un título que otorgaban los romanos a sus emperadores y la historia es doblemente contradictoria, ya que en realidad los cántabros y asturianos lucharon contra los godos, quienes finalmente los masacraron como antes la Roma de César Augusto tras las “Guerras Cántabras”, por lo que estos pueblos del norte peninsular no pueden tener mucho cariño ni a unos ni a otros si conocen su historia.

La quinta idea falsa es la unión entre los Estados católicos peninsulares ante los “sarracenos” o musulmanes de manera natural, cuando en realidad los Estados cristianos de Portugal y de Nabarra fueron conquistados. Es más, Nabarra lleva en su génesis la unión entre baskones cristianos y musulmanes de la familia de Eneko Aritza y los Banu Casi. Por suerte para Portugal su “cautiverio” duró 60 años (s. XVII). La reconquista de los cristianos viejos tiene otros dos Pater Patriae en las hazañas de Santiago “Matamoros” y en el mercenario burgalés apodado “el Cid” (de “Sid” o “Sayyid”, señor en árabe), que son los que mejor resumirían el imaginario que el nacionalismo español otorga a estos siglos de la Edad Media. En realidad, hoy pensar en la resurrección de Santiago a lomos de un caballo blanco matando infieles con su espada es un esperpento.

Ortega y Gasset explica a la perfección el significado de la figura del Cid y de España en esa época de cruentas guerras entre “majus” o paganos del norte, hispano-católicos e hispano-musulmanes en su libro “La rebelión de las masas”: “Suele afirmarse que en tiempos del Cid era ya España –Spania- una idea nacional, y para superfetar la tesis se añade que siglos antes ya San Isidoro hablaba de la “madre España” (en realidad “Hispaniae” pues escribía en latín). A mi juicio, es esto un error craso de perspectiva histórica. En tiempos del Cid es estaba empezando a urdir el Estado León-Castilla, y esta unidad leonesa-castellana era Spania (sic.), en cambio, era una idea principalmente erudita; en todo caso, una de tantas ideas fecundas que dejó sembradas en Occidente el Imperio romano. (…) Pero esta noción geográfico-administrativa era pura recepción, íntima inspiración, y en modo alguno aspiración”.

Es más, la expresión “reconquista” es otra expresión “unionista” más que histórica que aparece por primera vez en el siglo XIX, cuando se buscaba crear una “España-Nación” como hemos mencionado para la cual la imagen de reinos cristianos unidos ayudaba mucho. Esta idea imaginaria fue explotada por los padres del nacionalismo español en el siglo XX, en concreto el mencionado Sánchez Albornoz, con la que buscaba una imagen idílica de cristianos recuperando España a los infieles que la había invadido. Otro de los padres del nacionalismo español sin embargo lo negaba: “una reconquista que dura ocho siglos, no es una reconquista”, así lo decía Ortega y Gasset en “La España invertebrada”. Históricamente no es sostenible una “reconquista” de los reinos castellano-leonés y aragonés de la península pues éstos son muy tardíos y no existían en el año 711 y sus reyes no tienen nada que ver con los reyes godos. Los historiadores ingleses hablan de “cruzada” debido a que en ella tomaron parte en realidad huestes de toda Europa y fueron éstas ideas religiosas las que llevaron al papa a provocar la expulsión de los musulmanes por los ejércitos católicos. Éstos musulmanes tendrían poco de africanos y tendrían más de los antiguos habitantes de la península.

En realidad y finalmente, ni siquiera el matrimonio de los Reyes Católicos, otros dos de los Padres de la Patria española, supuso la fundación de España, ya que Aragón y Castilla siguieron configurando Estados diferentes en todo y no fue su voluntad tal unión, que tampoco se produjo al quedar todavía la conquista de Nabarra. Es más, ni siquiera existió el título de “Rey de España” hasta finales del siglo XIX y en plural, de “Las Españas”, como ya comentamos en el artículo “¿Desde cuándo podemos hablar de España?” (http://nafarzaleak.blogspot.com.es/2018/02/desde-cuando-podemos-hablar-de-espana.html). Así, por ejemplo, el título de Carlos I “de España” es un anacronismo pues tal título no existía.

La España centralizada y la nación española es algo que hicieron diferentes generales “liberales” en el siglo XIX y parte del XX mediante varias guerras, donde ganó el centralismo castellano gracias a sus eficientes Golpes de Estado frente a la confederación de los Estados de las coronas de León-Castilla y Aragón anteriores más las conquistadas Granada y Nabarra.

Resumía de la siguiente manera lo que expongo Antonio Alcalá Galiano (Cádiz 1789-Madrid 1865), ministro de Marina, golpista, político liberal castellano, cofundador del Ateneo de Madrid, miembro de la Real Academia de la historia: “Debemos de propagar la imagen de la “nación” e inculcar apego a ella y unirlo todo al país ya la bandera, a menudo inventando tradiciones o incluso naciones para tal fin. Uno de los objetos principales que nos debemos proponer los castellanos, es hacer la nación española una nación, que no lo es ni lo ha sido nunca hasta ahora”.

Finalmente, para el nacionalismo español de derechas, otro de los “Padres de la Patria” es el General Franco, el cuál habría “reconquistado” por enésima vez España, esta vez a los “rojos y separatistas”.