Aitzol Altuna
INTRODUCCIÓN
Sin apenas conocimiento de la realidad prehistórica vasca no podemos más que emitir generalidades sobre la aparición de estados prístinos en los territorios habitados por nuestros antepasados.
Teniendo siempre muy en cuenta que en lo que se refiere al nacimiento del estado parece sin embargo probable que a finales del Paleolítico, juntamente con los últimos cambios climáticos, la doma de animales, la intensificación del pastoreo, el inicio de la agricultura, los sucesivos cambios tecnológicos y el consiguiente crecimiento demográfico, se produjera también una sedentarización de la población (en el ager vasconum sobre todo, pero también en el saltus) y la paulatina atomización o desintegración de la banda primitiva así como su sustitución por unidades familiares básicas (households) que continuarían cooperando y guerreando en más de una ocasión con sus vecinos, en condiciones de libertad e igualdad, desde asentamientos (valles o laderas) más o menos poblados, fortificados y autónomos.
EL NACIMIENTO DE LOS PRIMEROS ESTADOS VASCOS
A partir de un momento y por razones –de carácter endógeno y/o exógeno– que desconocemos, la voluntad de dominio no pudo ya ser conjurada y algunas de estas familias alcanzaron rangos desiguales de poder que en determinado territorio acabaron convirtiéndose con el paso del tiempo en duraderas jefaturas políticas al estilo civilizado, es decir, estatuyendo y manteniendo, por medio de la violencia, una organización jerárquica o asimétrica de la sociedad dividida en clanes o facciones en los que la identidad social se expresaba mediante parentesco. A partir de entonces el dominio de estas familias se iría extendiendo o reduciendo según la correlación de fuerzas en cada coyuntura.
Ninguna novedad, pues, ni en sus enfrentamientos ni en sus alianzas, de lo que es la forma fundamental y permanente de actuación del estado hasta el presente. Los numerosos pueblos o tribus vascos se encontrarían en diferente estadio de evolución del proceso señalado cuando los romanos, inoculados ya de gravedad por el virus imperialista (que les acabará llevando inexorablemente al cesarismo), entran en contacto más o menos cercano y más o menos continuado con ellos (fines del siglo III a.C.) y los mencionan singularizados –aunque no con la precisión y el detalle que hubiéramos deseado–, en diferentes escritos de la época.
Sin embargo en el siglo V de nuestra era los escritores –todos ellos foráneos– que se refieren a los habitantes de estos territorios los denominan genéricamente vascones y no sabemos por tanto, como se denominaban, por entonces, ellos a sí mismos y entre sí.
Seguramente, pese a que la relación entre las diversas tribus se habría incrementado considerablemente en todos los aspectos tras la desaparición de la dominación romana, influyéndose mutuamente gracias a la posesión de un lenguaje y una cultura básicamente comunes, seguirían diferenciándose entre sí y manteniendo un elevado grado de autonomía como refleja todavía alguna crónica astur del siglo noveno.
Por otra parte hay que decir también que la recuperación en este tiempo de la cultura autóctona en las zonas más romanizadas indica lo que ya habíamos señalado con anterioridad: que la romanización no había sido tan profunda entre las capas populares como algunos, contra toda evidencia, se empeñan en hacernos creer.
Pero este autónomo y fecundo periodo de asentamiento político y recuperación cultural de los indígenas, inmediatamente posterior a la desaparición del dominio romano, debió durar poco, porque en el año 581 tenemos de nuevo a los vascos enfrentándose a francos y visigodos, políticamente afincados y organizados para entonces al norte y al sur de su territorio. Y sin solución de continuidad aparecerán luego los árabes y un poco más tarde el recién creado reino de Asturias.
Refiriéndose a este periodo dice el historiador estellés J.M. Lacarra: “No cabe duda que una lucha tan prolongada tuvo que contribuir a que entre los vascones surgiera una organización que agrupara bajo el mando de unos jefes de prestigio a los hombres útiles para el ataque y para la defensa, aunque fuese de un modo más o menos transitorio (…) Todo ello podemos adivinarlo, pero apenas podemos afirmar nada con certeza. La historia de los dos siglos inmediatos no sería, en cierto modo, sino una continuación de la que ahora sugerimos” (Historia del Reino de Navarra en la Edad Media, Caja de Ahorros de Navarra, 1975).
Uno de los primeros intentos que la nación o las naciones vascas hicieron para erigir el poder político que los nuevos tiempos requerían fue el conocido como Ducado de Basconia (600 d.C.); intento que acabó frustrándose entre otras razones porque había nacido con la tara de considerar su independencia efectiva como derivada formalmente de un poder superior.
EL SIGNIFICADO DE ORREAGA
Éste y otros esfuerzos –que seguramente habían comenzado ya, aunque de forma imprecisa y embrionaria, tras la caída del Imperio Romano– por dotarse de una organización política que les permitiese perdurar, acaban finalmente cristalizando, como muy tarde, en las postrimerías del siglo VIII tras la derrota que los vascos infringieron en Orreaga al ejército franco.
El que los Arista no aceptasen el paraguas político, siquiera nominal del Imperio Carolingio, en contra de la opinión de elites pamplonesas y, con probabilidad, de la Iglesia, es un dato que, consideraciones tácticas al margen, conviene resaltar. Lacarra supone que “en esa época Pamplona no irradia su autoridad a una comarca, sino al revés, la ciudad queda sometida a la autoridad indígena que domina en el medio rural (otra vez la chocante contraposición ilustrada entre bárbaros y civilizados). Los autores francos nos dicen que en el siglo VII Pamplona era la fortaleza de los navarros, nombre este que ahora suena por primera vez aplicado a los ‘bárbaros’ vascos de la vertiente sur”.
Orreaga es una batalla cargada de un profundo significado democrático sobre el que ahora mismo debiéramos también reflexionar. Tanto la memoria histórica, como la experiencia y la cultura políticas son formas de poder que es suicida menospreciar.
En el año 887 el Reino de Nabarra es reconocido en Friburgo por los diferentes reinos que allí se dieron cita. Así mismo el historiador castellano Luciano Serrano se ve precisado a reconocer: “A principios de la décima centuria Vasconia se erige en reino, y no sólo con SU ANTIGUO, sino con todo el país de habla vasca” (…) (“Orígenes del Señorío de Vizcaya en época anterior al siglo XIII” 1941).
La constitución material y formal del reino pirenaico, el pacto entre príncipe y pueblo sobre el que se constituye y mantiene, su carácter confederal, la idiosincrasia y las costumbres de sus habitantes, su concreta práctica política, los diversos códigos legales por los que se ha regido, revelan el carácter democrático del mismo, por mucho que ello moleste a nuestros enemigos y traten, con tanta mayor insistencia cuanto más arbitrariamente, de negarlo.
VENDRÁN MEJORES TIEMPOS
No tenemos la menor intención de discutir con ellos en las actuales condiciones. Componen una lista casi tan larga como la de los necios de los que habla la Biblia y tenemos menesteres más urgentes que el de enfrentarnos a ellos en su terreno y con las reglas que ellos imponen.
Además de consumados trúhanes intelectuales, son funcionarios bien retribuidos, como lo fueron en su día López de Palacios Rubios, Llorente y Balparda entre otros, con encargo de confundirnos y debilitarnos.
Tiempos vendrán en los que los estudiantes de nuestras universidades estarán en condiciones de investigar objetiva, minuciosa y críticamente nuestro pasado. Por ahora, en ausencia de centros e investigadores ‘oficiales’, nos basta el fuerte sentimiento de amor por la libertad que nos han transmitido nuestros más cercanos antepasados y nuestros propios contemporáneos, para estar seguros de que nosotros “no queremos las cadenas”: no nos gustan.


